Ya desde los inicios de la nueva fe, los Apóstoles y las primeras comunidades cristianas se volcaron en una vida de caridad, tanto en lo interior como hacia lo exterior.
Ahí están las referencias del NT acerca del espíritu fraterno existente en el seno de las comunidades. Así, en los Hechos de los Apóstoles se lee “perseveraban en la doctrina de los Apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2, 42). El espíritu de hermandad caracterizaba a los discípulos de Jesús.
Inicialmente se establecería una “comunidad de bienes”, orientada con miras caritativas (Hc 2, 44-47). “Comunidad de bienes” libremente asumida, no impuesta, y buscaba el desprendimiento de las cosas materiales en favor de las necesidades temporales de los demás miembros de la comunidad, así como poder perseguir la vida eterna que Cristo había prometido.
Cierto que habrá problemas también, derivados de la codicia y de la falta de sinceridad como recoge el citado libro (Hch 5, 1-11).
Derivados de esos problemas, esa “comunidad de bienes” desaparecerá, permaneciendo en los monjes y otros religiosos en los siglos venideros, pero no de modo global para el conjunto de los cristianos.
Aunque aquella “comunidad” desapareciera, no ocurrió así con la “caridad fraterna”, pues siguió firme.
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