En esta semana de enero, en la que nos encontramos con las conmemoraciones de santos tan populares para los fieles como son San Sebastián, Santa Inés, San Vicente, acerquémonos brevemente a las circunstancias históricas que envolvieron el testimonio supremo de fe de todos ellos, y muchos más, en la que se admite como la última gran persecución orquestada desde el poder contra el cristianismo, antes de que llegara el edicto de tolerancia de 311, emitido por Galerio desde Sárdica (la actual Sofía –capital de Bulgaria-), con el que se declaraba el derecho de los cristianos a “existir”.
Antes de nada, hemos de conocer que, antes de que se iniciase la última persecución contra los cristianos por parte de Diocleciano (244-311), éste comenzaría el periodo del Imperio conocido como el “Dominado” y que corresponde al Bajo Imperio, en contraposición al “Principado”, durante el Alto Imperio.
Diocleciano quería atajar la decadencia en la que había entrado Roma, algo que ya pretendían algunos de los emperadores antecesores, por ejemplo, Octavio Augusto. Éste había ido logrando un gobierno absoluto y de economía dirigida, con una burocracia jerarquizada y buscando máxima eficacia.
Diocleciano, además de corregir deficiencias que advertía en el modo de proceder previo a su imperio, se dio cuenta de la vastedad del territorio dirigido desde Roma, por una parte. Por otra parte, para eliminar cualquier “anarquía militar” a la hora de elegir un nuevo emperador, como ya había ocurrido, decidió instaurar la “Tetrarquía”, o lo que es lo mismo, el “gobierno de cuatro”.
Diocleciano asumiría la parte oriental del Imperio con el título de “Augusto” asociando a su persona y territorio oriental a Galerio, con el título de “César”. A la parte occidental de Imperio, le correspondería el dominio máximo a Maximiano, que sería el “Augusto”, y su vice-emperador, con el título de “César” será Constancio Cloro.
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