“[…] Para honra de la Santísima Trinidad, para la alegría de la Iglesia católica, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, con la de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra: declaramos, afirmamos y definimos que ha sido revelada por Dios, y de consiguiente, que debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que sostiene que la santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano. Por lo cual, si alguno tuviere la temeridad, lo cual Dios no permita, de dudar en su corazón lo que por Nos ha sido definido, sepa y entienda que su propio juicio lo condena, que su fe ha naufragado y que ha caído de la unidad de la Iglesia y que si además osaren manifestar de palabra o por escrito o de otra cualquiera manera externa lo que sintieren en su corazón, por lo mismo quedan sujetos a las penas establecidas por el derecho”.
Bula Ineffabilis Deus.
La Inmaculada Concepción de María se explica por su relación con Jesucristo. Ser Madre de Dios no es un cometido transitorio, sino que determina a María su existencia entera desde el inicio.
Como “Nueva Eva” se encuentra al lado del “Nuevo Adán” para colaborar en el restablecimiento de la salvación. Pero este papel se remonta a la obra de Cristo Redentor: María no estuvo nunca sujeta al Pecado Original y fue por eso redimida de un modo más sublime. La Inmaculada Concepción, entonces, es la forma más eficaz de Redención.
Además, la perfecta santidad de María hace comprender en su profundidad la santidad de la Iglesia, que es “santa e inmaculada” (Ef 5, 27). María, libre de todo pecado, es tipo de la Iglesia y seguro de su santidad imbatible. La Iglesia, en cuanto Iglesias (“esposa” del divino “esposo”), es santa. Si no existiese la Inmaculada Concepción, la Redención no se habría realizado plenamente en ninguno.
La concepción inmune del pecado pone de relieve también la “gratuidad de la gracia”: es Dios quien inicia la santidad, no el hombre.
