Como consecuencias del primer pecado encontramos, además de la culpa original, la muerte y la tendencia hacia el mal, la concupiscencia.
El Bautismo quita el pecado original, y los pecados personales, pero no la concupiscencia, que permanece para el combate moral.
La concupiscencia que viene del pecado y a él inclina es la debilidad del hombre ligada a la tendencia desordenada de los sentidos. San Pablo llama a esa tendencia “pecado”, no porque lo sea, sino porque proviene de él.
Para el estado original de nuestros primeros padres, en cambio, se presupone una armonía entre espíritu, potencias sensuales y don de la gracia.
La descripción de María como nueva Eva implica una cierta renovación de esta gracia paradisíaca.
La concupiscencia, de por sí, no es pecado. Pero, en cuanto constituye un desorden en las inclinaciones, no corresponde al ideal moral. Se trata de la consecuencia del pecado que más hiere la situación del hombre ante Dios.
Las otras consecuencias del pecado original, en cambio, el sufrimiento y la muerte, no implican ningún desorden moral.
La ausencia de concupiscencia deriva de la Inmaculada Concepción.
