San Pablo tendía unos 28 años cuando en nombre del Sanedrín lideraba la persecución contra los cristianos.
Pidió licencias para perseguirlos hasta Damasco, en Siria, a más de 200 kilómetros de Jerusalén.
Mientras iba hacia allá, de repente, aparece una “luz”.
San Pablo cayó y escuchó una voz: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”.
San Pablo perseguía a los cristianos. Pero Jesús le pregunta por qué le perseguía a El.
Jesús se identifica con la comunidad cristiana. Está desaprobando al perseguidor.
Esa caída en el camino de Damasco fue el punto en donde la vida se divide. Un “antes” y un “después”. Jesús entró “violentamente”, apareció sin permiso.
Algo así le había ocurrido a Jeremías “me derribaste” (Jer 20, 7).
Una luz lo envolvió, como le ocurrió al profeta Ezequiel, que vio la gloria de Yahvé (Ez 1, 27), quedando sin vista un tiempo.
San Pablo quedará sin vista durante tres días, sin comer ni beber, hasta que Ananías le imponga las manos, llamándoles “Saulo, hermano mío”. La comunidad, al acogerlo, le dio una nueva vida. Lo resucitó.
Por eso San Pablo se considera un “aborto”, pues fue arrancada virulentamente de su mundo de persecución. Su modo de vida se ha venido abajo, su modo anterior a la caída.
Todos sus esquemas se han resquebrajado. Ya no valen absolutamente para cosa alguna. Pero se le ha aparecido un Rostro que se ha dirigido directamente a él, por su nombre. Sin esfuerzo alguno de su parte, al contrario de todos los esfuerzos por cumplir y por perseguir, es “alcanzado” por Dios. La bondad de Dios, lo cegaría.
Para San Pablo ya no se tratará de cumplir la Ley, sino de dejarse amar gratuitamente por Dios. Vivirá de esa experiencia que lo ha trastocado, y transformado, de tal manera que saldrá adelante de todas las crisis que le esperan en el futuro. Sabiéndose justificado por Dios, ya no piensa en sí mismo. Es libre.
No cambió de Dios, reconoció a Jesús como su Dios verdadero.
Ahora vendrán 13 años de silencio del que apenas tenemos datos, más que sus primeros ‘pinitos’ evangelizadores en Damasco, una estancia de tres años en Arabia, adonde había huido; el regreso a Jerusalén remata por nuevos conflictos que le llevan a su Tarso natal, donde se establecerá durante otros nueve años; hasta que Bernabé, que ya se conocían, lo llame para trabajar en Antioquía.
Está a punto de explosionar la labor misionera de San Pablo, después de 13 años de maceración.
