En este Evangelio, igual que en el de San Mateo, y a diferencia del de San Lucas, no aparece un “yo” narrador.
El autor está ‘ausente’ de la narración.
Sin embargo, la tradición lo atribuye unánimemente a Juan Marcos, un personaje con nombre judío y sobrenombre latino, bien conocido por el Nuevo Testamento pues aparece relacionado con Pedro y la tradición que gira en torno a su figura, y, sobre todo, con San Pablo.
San Papías de Hierápolis (150) testimonia que San Marcos fue intérprete de San Pedro, algo que le llegó del presbítero Juan.
Del testimonio de este Padre de la Iglesia se desprende la relación de Marcos con Pedro, que sería la última fuente del Evangelio que redactó; pero también la actividad literaria del mismo San Marcos que reflejaría la forma de predicar de San Pedro, un tanto desordenada.
Así pues, San Marcos, que como leemos en Hechos de los Apóstoles acompañó a Pablo y Bernabé a Chipre (Hch 15, 39), habría acompañado también en su ministerio a San Pedro (1P 5, 13, pasaje donde el autor le llama “mi hijo”).
Otros testimonios, dependientes de San Papías, como los de San Irineo, Tertuliano, San Justino, San Clemente, San Jerónimo, apuntan, asimismo, a la autoría del segundo Evangelio.
