La cita bíblica “clásica” que inspiró el buen hacer los “apologistas” es “dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza” (1Pe 3, 15).
La necesidad de dialogar, responder, y dar una defensa razonada (una ‘apología’) florecerá, entonces, en el siglo II en una serie de escritores santos.
Cada uno tendrá su estilo particular. En algunas ideas fundamentales coinciden por su armonía. La primera de ellas era denunciar la ilegalidad de las persecuciones arbitrarias desatadas desde la autoridad, que negaban de forma injusta derechos sociales a los cristianos; éstas eran dirigidas a los emperadores. Otra es la crítica razonada a la religión del paganismo politeísta, siguiendo la senda que habían abierto ya los grandes filósofos griegos, más inclinados por la razón a reconocer un único Dios como fundamento de todo. En este punto, hay que reconocer que hubo Padres Apologistas que siempre quisieron mantener distancias con los filósofos racionalistas pues estos decían que la filosofía era la forma suprema de conocimiento. Aun así, usarán conceptos propios de ellos para explicar con mayor precisión conceptual los Misterios de la fe.
Por último, tratarán de desmontar los prejuicios que fundamentaban las burlas y los desprecios a las comunidades cristianas, presentando su elevado ideal moral, y aclarando que su discreción no se debía al deseo de ocultar ritos ‘ridículos’, según decía el populacho pagano, sino a la necesidad de vivir con privacidad y naturalidad sus liturgias cristianas.
