- San SABINO, obispo y mártir. En Umbría, Italia. (300).
- San ANTENODORO, mártir. En Siria. Fue torturado con fuego y otros suplicios y condenado después a muerte. Al fallar el verdugo nadie se atrevió a degollarlo. Se murió en estado de oración. (304).
- San URBANO, obispo, en la Campania italiana. (s. IV).
- San AMBROSIO, obispo y doctor. Milán. Siendo aún catecúmeno, fue escogido para gobernar la sede de Milán, mientras desempeñaba el oficio de Prefecto de la ciudad. Verdadero pastor y doctor de los fieles, ejerció preferentemente la caridad con todos, defendió valerosamente la libertad de la Iglesia y la recta doctrina de la fe en contra de los arrianos, y catequizó el pueblo con los comentarios y la composición de himnos. (397).
- San JUAN SILENCIOSO, monje. En Palestina. Habiendo renunciado al episcopado, vivió como monje en humilde servicio a los hermanos y en austera soledad y silencio. (558).
- Santa FARA, abadesa. En la Galia. Gobernó durante años el monasterio. (657).
- Santa MARÍA JOSEFA ROSSELLO, virgen. Savona. Fundó la Congregación de Nuestra Señora de la Misericordia. Se entregó con ahínco a procurar la salvación de las almas. (1880).
Hoy recordamos a SAN CARLOS GARNIER
Garnier pasó sus primeros tres años en Nueva Francia aprendiendo la lengua hurón y trabajando en la misión de Ossossané. En noviembre de 1639, junto con Isaac Jogues, fue destinado a los Petuns, que no les aceptaron, recordando que los “hombres de negro” habían traído la epidemia que asoló las tierras de los hurones en 1636. Pasaron los meses de invierno con los Petun, pero luego retornaron a Ossossané creyendo haber fracasado. El P. Carnier fue y volvió de nuevo el otoño siguiente. Volvió a ir nuevamente durante el invierno de 1647 y fundó dos misiones, al encontrar más respuesta que en visitas anteriores. En los últimos años los iroqueses habían multiplicado sus ataques al mundo de los hurones. Habían dado muerte ya al P. Antonio Daniel en 1648, de modo que Garnier hubo de tomarse muy en serio un informe que recibió en noviembre de 1649, diciendo que los iroqueses habían declarado la guerra a los petun y amenazaban con incendiar sus poblados. Hizo que su recién llegado ayudante, el P. Noel Chabanel, se volviese a la misión central, para no someterlo al peligro, pero él se mantuvo firme junto a su gente. El 7 de noviembre a media tarde atacaron los iroqueses, matando a todos los que encontraron. Garnier recibió dos disparos, uno en el pecho y otro en el abdomen. Le quitaron la sotana y le abandonaron para que muriera de frío, pero recobró la conciencia e intentó acercarse a un petun herido. Un atacante le arrancó la cebellera y le mató con un golpe en la cabeza. Del poblado llegó otro jesuita al día siguiente y enterró a aquel hijo de aristócratas en una fosa superficial, en medio del pueblo al que con tanto ardor quiso llevar a Cristo.
